jueves, 4 de julio de 2013

Night Mares

Esa noche andaba despistada en otras cosas y dejé la ventana abierta, olvidando mis diarias precauciones. Me acosté y me cubrí de sueños con el edredón, pero un día más no sirvió para ahuyentar las pesadillas. Éstas llegaron volando, tímidas al principio, feroces ya entrada la oscuridad, e hicieron llover otra tormenta de miedos. Afuera también llovía, y el agua resbalaba por la pared, colándose por el agujero abierto y creando una atmósfera húmeda en el cuarto. Pero yo tenía un sueño pesado, ahogada como estaba en mis temores, sufriendo una alucinación de ésas que no sabes si son realidad o imaginación. Mientras, el lugar también se ahogaba: el agua iba empapando la moqueta, las cortinas eran olas mecidas por el viento, la cama se acunaba en la marea. Afuera el torrente no paraba y yo seguía luchando entre tinieblas, demasiado alterada para reaccionar al caos que sufría mi habitación. Las bisagras del ventanal chirriaban y golpeaba éste sus muros contiguos, los gritos del vendaval movían los objetos del cuarto amenazando con voltearlos. El momento estaba lleno de amenazas visibles e invisibles, y yo aún no abría los ojos. En mi lucha interna estaba perdiendo la batalla, no parecía importarme lo que ocurriera alrededor, tal vez mis pensamientos eran mucho más suicidas y deseaban que la tormenta siguiera, que el agua arrasara el lugar y llenara cada centímetro cúbico de aire, impidiéndome respirar, condenándome a un océano eterno de pesadillas. Fuera como fuere, la noche crecía y la lluvia arreciaba, también mi ventisca onírica. La situación se volvía más crítica, la guerra se abocaba a un final letal y creaba heridas irreales pero aún más dolorosas, el edredón me aprisionaba. Me faltaba el oxígeno, me sobraban dos de hidrógeno, que llegase ya el naufragio, por favor. Sólo entonces, en un instante de lucidez, mi mente decidió despertarse, y con un impulso heroico corrió a cerrar la ventana y expulsó fuera todos los temores, desterrando a los espíritus negros a la oscuridad. Y tras el sordo golpe de los postigos, noté que el suelo no estaba mojado, que la estancia estaba seca, que todo había sido otro mal sueño.

1 comentario:

  1. Pero pasó. Lo importante es apaciguar los malos sueños y a veces, aprender de ellos.

    Como siempre, bien descrito, consigues transmitir desasosiego y por un momento te sientes flotando en la cama viendo como la habitación se inunda.

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