jueves, 26 de septiembre de 2013

Golpe a golpe

El reloj dio las doce y decidí que ya había esperado bastante, así que cogí la gabardina y me lancé a la negrura de la noche. Conocía de sobra por tiempos pasados los sitios menos recomendados de la ciudad, muy recomendables en cambio para mí esa víspera, porque algo había cambiado, algo me había pasado, y necesitaba un hecho drástico para marcar a fuego la línea divisoria. Por eso me encaminé hacia el barrio ruso, que podría haber sido nombrado con cualquier otra nacionalidad de los países del este, y comencé una guerra interior dando el pistoletazo de salida. Unas cuantas rayas de coca por mi nariz fueron las balas que ametrallaron mi cerebro. Con menos dinero y mucho menos miedo, me dirigí hacia el club. No me interesaban las chicas ni las apuestas esa noche, mi destino estaba en el sótano detrás de una pared falsa. Tras dar el santo y seña, la puerta se abrió y una nube tóxica de sudor y sangre me impregnó de arriba a abajo. Tiré la gabardina a una esquina, ya no la iba a necesitar, y dejé al descubierto con shorts y camiseta de tirantes mi cuerpo trabajado en el gimnasio. Ahora no desentonaba con el ambiente. Tras un intercambio de frases vi mi pseudónimo apuntado en la lista y al rato casi sin darme cuenta me encontraba en el destartalado cuadrilátero. Empecé a dar golpes a diestro y siniestro, sobre todo a diestro porque mi oponente era más lento de ese lado. Esquivaba también sus ataques, o lo intentaba; la droga empezaba a hacer demasiado efecto y mis sentidos mermaban cada vez más. Notaba un líquido en la boca y algunos dientes sueltos, volaban patadas en ambas direcciones y las cuerdas se empezaban a convertir en un instrumento de tortura. Ya no distinguía ni sus rasgos, podría haber sido cualquiera, lo era; era un cualquiera, de cualquier edad y condición, me hubiera dado igual. Sólo quería repartir, dar y recibir, ¡dar y recibir! Eso era, quería recibir algo a cambio, quería una respuesta, quería una acción que sí tuviera una reacción, necesitaba reciprocidad. Y esto la tenía, oh sí, la tenía y dolía y eso me encantaba, me hacía sentirme vivo entre tanto dolor físico y tanta confusión mental. Estaba enajenado, un loco recibiendo una tunda, la paliza de su vida, pero me daba igual; movía los músculos y ellos respondían, y mi opuesto parecía mi espejo. Dar y recibir. Yo sólo quería dar y recibir.

Desperté al día siguiente en un callejón sin salida. Una metáfora de lo más meditada sino fuera porque los dueños del local simplemente me arrojaron a  la calle de al lado. Tenía la mandíbula rota y descompuesta, manchas de sangre en lo que quedaba de mi ropa, el cuerpo amoratado y los huesos destrozados, ni rastro de mi cartera ni de mis llaves. Perfecto. Ahora podía volver a empezar, desde el más absoluto cero. Lo sé, soy un imbécil, pero ¿qué le voy a hacer? Hay cosas que sólo limpian un par de golpes, hay noches en que la poesía no me salva.

5 comentarios:

  1. "Golpe a golpe, verso a verso"...
    Puede que las cicatrices de los golpes nos enseñen más que las lágrimas de los versos. No sé (todavía no lo sé)
    Besos con mercromina ;)

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    1. http://www.youtube.com/watch?v=Y5vjfMCQPyw :) Lo sabremos a lo largo del camino según caminemos!
      Abrazo con anestesia leve!

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  2. :D:D http://franpompasdejabon.blogspot.com.es/2011/08/un-disco.html ;)

    Pues mira... todavía no lo sé... pero sigo caminando. ;)

    Sin anestesia! O como mucho epidural: prefiero enterarme. :)))

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  3. Golpe a golpe hacemos nuestro camino y las cicatrices son lecciones que vamos aprendiendo en el caminar..

    Un abrazo muy fuerte Patricia

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    1. Muy cierto Sofya, el problema es acumular demasiadas cicatrices, ¿cuándo son suficientes para haber aprendido? Abrazo enorme, gracias.

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