miércoles, 24 de agosto de 2011

Más lejano que la vida, más cercano que la muerte

Era un paisaje más desértico que la superficie de la Luna, o eso parecía a primera vista. Como en aquélla, diríase que el lugar giraba en torno a algo más grande, más importante; es decir, que estaba encuadrado en un emplazamiento no prioritario.
Cuando te fijabas más, empezabas a distinguir en la negrura bultos disformes,  como siluetas de esculturas abstractas de algún artista moderno. Su distribución se asemejaba azarosa, pero conforme te acercabas acertabas a establecer una sucesión de puestos, un orden atípico pero, al fin y al cabo, un orden.
¿Qué eran esas cosas? Amplía la imagen y congela.
Las figuras se hacen más estrechas, alargadas, altas. Una planicie destaca en su perfil, como si no tuvieran relieve, sino que hay algo  contenido dentro de ellas.
En ese momento un movimiento recorre el suelo del lugar, se estremecen sus elementos y la mirada del observador también. Algo extraño está sucediendo… Ya, ya pasó.
Vuelve a enfocar y mantén la vista fija. Es el momento de decidir qué es lo que estás viendo.
Estanterías. Cajas. Armarios.
Todo un desierto de alineados estantes plastificados, uno detrás de otro, con contenedores de cartón intercalados de forma antisimétrica, para unos ojos no entrenados, y cada cierto tiempo un bloque de madera con dos puertas, a veces tres. Todos los objetos se asemejaban en su color marrón, pero variaban las tonalidades que tendían al verde del musgo y al gris de la roca en la que éste habita.
Los párpados se pliegan y despliegan, atónitos ante un inmobiliario tan dispar. Los armarios están doblados sobre sí, sus pomos se retuercen en forma de espiral y sus puertas son tan gruesas como las de una catedral. Las lejas, que acaban en esquinas imposibles y cuya estrechez deriva de lo casi invisible a lo troncal, se exhiben desgarbadas frente a la simpleza de las cajas, prismas infinitamente elevados o escasamente creados.

Se oye un silbido a lo lejos, pero la vista no alcanza y no es momento para intentar adivinar más, el esfuerzo de pensar es sobre humano.

Intentabas mover las piernas, o al menos averiguar dónde estaban, pero no pudiste; tampoco encontrabas tus manos, y ni siquiera se intuía el tabique de tu nariz. Sólo quedaba seguir usando lo que no podían ser otra cosa que los ojos, menuda locura.
Vuelves a abrirlos; ahora estás acostumbrado y no es tan difusa la imagen. Analizas.
En los estantes hay libros dispuestos en secuencias de risa, pues las baldas más finas sostienen los volúmenes más anchos mientras que las afianzadas y grandes apenas si tienen algún ejemplar, y en tal caso diminuto, como esos libritos de cuentos que se vendían por fascículos. Algunas de las cajas están cerradas, pero otras se abren mostrando papeles finos, casi todos en blanco y negro aunque algunos con tonos sepia, y muy pocos en color. Y por último, los armarios, gigantes moles, todas con esas impactantes puertas de museo, sellados a cal y canto y con los tiradores enroscados y amenazadores.
No puedes moverte, claro, no puedes andar; pero como si accionaras un zoom, eres capaz de desplazarte hacia los objetos, y eliges en primer lugar una caja cercana. ¿Qué serían eso que parecían folios impresos? Metes la mirada dentro y agarras uno. Te devuelve una  fotografía, en la que predomina el negro, pero al fondo aparece una mujer iluminada, que está de pie sobre una calle de adoquines. Nervioso la dejas y coges otra, ahora un paisaje de grises, un terreno con árboles y una casa a la derecha. En la siguiente, dos personas que caminan de espaldas. Otra. Una calle atestada de coches. Un edificio de ladrillos con una verja. Una feria de pueblo. Una barbacoa con una mesa dispuesta en torno a ella. Un anciano que cruza un puente. Un niño que chupa una piruleta con la mano en el bolsillo. Otro niño con una tirita en la frente. Una niña que corre hacia la cámara. Escombros en un vertedero. Una sala de una asociación benéfica con muchos cuadros en las paredes. El primer plano de uno de esos cuadros, un bodegón de flores muertas. Todas las fotografías en blanco y negro. Empecinado, por fin encuentras una en sepia: una mujer mayor que sale de un coche sonriendo. Y tras demasiadas tentativas, una con colores de atardecer: una estampa grupal de jóvenes con un molino al fondo. Tentado, vas a la siguiente caja más cercana. Repites el proceso: fotografías de motocicletas, un arbusto con abejas que revolotean, un chico en bicicleta, un antiguo teatro abandonado, una cucharilla de café, una avenida con semáforos (imposible saber si en rojo o en verde), una albufera rodeada de vegetación, una bonita construcción renacentista, un perro abandonado. De nuevo monocromáticas, en esta ocasión hay total unicidad. Recorres varios de los prismas, notando como el grosor del cartón equivale al de la calidad de las imágenes. En casi todas el blanco y negro destaca, sobre todo en las más grandes. Pero entonces caes en la cuenta, tras varios intentos de la búsqueda de color, de que éste predomina en las cajas pequeñas, en las concisas. Vas hacia una, miras, recreas tu vista con el asombroso colorido. Encuentras una instantánea de un anochecer con fuegos artificiales. Un castillo medieval con muchas banderas y árboles. Una pareja que sonríe confiada a la cámara. Un concierto. Una guitarra con nueve cuerdas. Una foto a otra foto enmarcada con una dedicatoria detrás. Unas cortinas que ondulan con un mar al fondo. Caracolas en la orilla de otro mar. Un cementerio de marisco recién devorado. Un beso robado al aire de una boca femenina. Un muchacho que duerme; se parece mucho a ti, o eso crees. Un retrato de frente, limpio y definido. Un vaso con agua y pinceles. Una mariposa sobre un banco de piedra. Todas las imágenes brillando en las variedades del arco iris. Te emocionas, te acompaña la suerte en tu selección de cajas de sueños fotográficos y aprendes a hallar la vida en ellas. Un cuaderno y una calculadora. Un pupitre de algún colegio para niñas. Un automóvil que espera sobre la acera. Una corona de papel recortada sobre cartulina dorada. Otro semáforo, esta vez en verde. Un bebé que sonríe. Una bañera de espuma con un patito de goma amarillo. Un prado con flores lavandas. Un bolso de leopardo y luego un leopardo agazapado tras un arbusto que observa el objetivo desde la pantalla de un televisor. Una tableta de chocolate. Unos labios que sacan la lengua entre unos dientes blanquísimos. La arena de una playa de noche. Y suma y sigue, caja tras caja, foto tras foto, blanco tras negro, color tras color. Una colección de recuerdos claroscuros desperdigados por aquel extraño lugar.

Se te empiezan a entrecerrar los ojos… oyes de nuevo aquel extraño silbido, esta vez más cerca y más agudo, y se difuminan las fotografías, y con ellas las cajas y el hilo de tus pensamientos.

Vuelves en ti, o en lo que quiera que estés. Y decides que por si acaso el tiempo, ya que no sabes cuánto ha pasado, se acaba, es hora de mirar en los estantes.
Observas el primero, y en él un libro al azar. No entiendes lo que pone en su lomo, pues son letras desconocidas para ti, como en un idioma de otro mundo, no ya de otro país. Recorres todas las repisas, todos los dorsos grabados de abecedarios en distintos tonos y grosores. Hasta que al final, casi exhausto visualmente, eres capaz de leer uno de ellos; es un nombre: Natalia. Emocionado, intentas abrirlo, pero no puedes. A éste le suceden más legibles: Raúl, Elena, Alfonso, José Manuel, Ángel, María, Verónica, Catalina, Pedro, Javier, Felipe, Victoria, Eduardo, Omar, Paula, Laura, Cristina, Óscar, Lara, Arturo, Alejandro… Pero no eres capaz de ir más allá y hojear sus páginas. Pero cuando tu vista se pasea desesperada cerca de una de las estanterías más deformes, ves un tomo con tu propio nombre. Excitado lo devoras con la mirada, y a un golpe ocular, lo abres. Está en una repisa bastante gruesa. Lees algunos párrafos maravillado… está hablando de ti, de tu vida; o eso parece… porque de pronto descubres que no recuerdas nada, que ni siquiera sabes si deberías saber algo. Te preguntas atónito si habrá otros libros con tu nombre. Con más prisa si cabe, continúas tu búsqueda, y terminas encontrando varios más, algunos más espesos, otros menos, cada uno con distinta caligrafía y sobre distintos tipos de estanterías.

De nuevo aquel pitido, más cercano que nunca. Y tú más asustado, ¿dónde estás? ¿Quién eres?

Sólo quedan los armarios, quizá en ellos encuentres la respuesta o la salida a aquella pesadilla surrealista.
Te diriges firme, mentalmente  hacia ellos, reparando en la amenaza de las espirales de sus pómulos. Imposible abrirlos con la mirada. Buscas algo explícito que los diferencie, pero aparte de sus distintas curvaturas o maderas, ninguno parece pertenecerte como las historias de esos libros. Entonces se te ocurre una idea: recuperas un fragmento de uno y sostienes a la vez una fotografía en color, usándolos de brújula. Te intentas orientar. Cada vez oyes más potente el sonido. Te mueves entre cajas y estanterías, rodeando los armarios, buscando una señal, durante un tiempo que te parece incontable. Pino, roble, abeto, más pino, cedro, haya, nogal, y alguno ocasional de ébano o caoba.
Y entonces lo ves.
Allí, justo en medio de la nada, de aquel páramo sombrío.
Tu armario.
Sabes que es él porque de allí procede el silbido, porque se tambalea sobre sus tres puertas de fresno blanco haciendo que el suelo tiemble, porque una fuerza desconocida te empuja hacia él.
Te plantas delante, tus piernas flaquean. ¿Tus piernas? Sí, ¡Dios!, has recuperado tu cuerpo. Te planteas salir corriendo, pero ¿hacia dónde? No, está claro lo que debes hacer.
Adelantas tu mano decidido y aprietas el pomo de la primera puerta, la de derecha. No puedes abrirla, y su forma extraña te araña la mano. Con ella herida, goteas sangre gris sobre el picaporte central, que también resiste a tu empeño desesperado. Lleno de dolor, angustia y malos presentimientos, te diriges finalmente a la puerta izquierda. Con los dedos destrozados, la tocas, y se entreabre silenciosamente… se ilumina.
La luz de su interior te ciega, como una nebulosa incolora pero dolora, y algo parecido a una niebla se desliza por las rendijas de su curvatura y se va introduciendo dentro de ti…
Entonces notas como tus pies se elevan, porque tu alma ya está lista para marcharse en la barca de Caronte, porque ya has dejado atrás todos tus recuerdos y tus historias.

Porque todas las vidas son igualmente importantes, necesiten más o menos libros para ser contadas, aparezcan en más o en menos fotografías; y todas serán guardadas en secreto, más o menos deformadas por la calidad del pensamiento de quien las recuerde, escondidas y selladas en el confín del universo de la memoria que se creó a la par que la existencia.

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